El calvario de un venezolano con discapacidad por las carreteras de Colombia

La carretera de Santander, en Colombia, se ha convertido en la ruta de la odisea de los caminantes venezolanos que pueden tardar hasta treinta días en llegar a Bogotá haciendo un recorrido de unos 550 kilómetros. Los errantes se echan andar sin importar lo que han dejado atrás: esposas, madres, hijos, hermanos. Huyen de la desesperación, del hambre y del desmoronamiento de la cotidianidad de su vida. No importa dejar la piel en el camino o los «cauchos» de una silla de ruedas.

Es imposible imaginar la magnitud de la crisis migratoria venezolana. En estos caminos se puede observar hasta a personas con discapacidad luchando por su vida. Tal es el caso de José Agustín López, un hombre de 52 años que sufrió hace trece un fatal accidente de coche. López quedó sin movilidad en sus piernas. Estar tanto tiempo postrado en una cama le generó una infección. Los médicos tuvieron que practicarle una colostomía en un país donde no se consigue ni el acetaminofén para el dolor. «No se imagina lo que uno tiene que soportar para sobrevivir», dice con ojos llorosos.

Las bolsas improvisadas que ha utilizado luego de la operación son las mismas que se consiguen en el supermercado, y las sujeta con cinta adhesiva rudimentaria. Su vida en el estado fronterizo de Táchira, en Venezuela, cambió no solo por sus problemas físicos, sino también por la crisis de desabastecimiento de alimentos y medicinas que azota a su país.

«Esta no es la primera vez que recorro estos caminos. Hace unos meses, con mi hijo mayor, lo hice por primera vez, y logré mi objetivo, que era una nueva silla de ruedas y medicinas. Nos ayudaron mucho pero tenemos muchas necesidades». El nuevo objetivo de López es poder conseguir el tratamiento que necesita su madre. Le han dicho que quizá no sea necesario llegar a Bogotá sino a Tunja, un municipio colombiano, capital del departamento de Boyacá, situado sobre la cordillera oriental de los Andes a 115 km al noreste de la capital.

Su hijo menor, Víctor Enrique López, de 18 años, es quien poco a poco le empuja por las cuestas empinadas y está atento a no sufrir un atropello por los camiones que atraviesan la vía. Son jornadas enteras entre el frío, el calor y el cansancio, que apaciguan con la ayuda de los albergues del caminos que estan en algunos puntos de la carretera.

«Ahora me tocó a mí hacer este viaje que antes hizo mi papá con mi hermano. Las cosas en Venezuela no parecen cambiar. Tenemos que darle duro porque nos demoramos el doble de lo que hacen otros», decía Victor , mientras descansaba en un puente del camino.

En el viaje anterior, José Agustin y su hijo, cuando ya habían perdido las esperanzas y su silla estaba totalmente deteriorada una ambulancia los rescató en el camino que les brindó asistencia y la oficina encargada de los migrantes en Colombia logró gestionarle una nueva silla de ruedas y insumos de medicinas y alimentos.

«Gracias a la prensa la gente se enteró y nos ayudaron. Ahora se lo dejo a las manos de Dios, pero no me puedo quedar en Venezuela sin luchar por mi familia, esperando que pase la ayuda».

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