El centro confuso

Al haber conquistado el gobierno de Italia, el populismo con cartera no pierde el tiempo en su prometido ajuste de cuentas. Matteo Salvini, el ultra de la Liga Norte ascendido a vicepresidente del gobierno italiano y flamígero ministro del Interior, tiene previsto su inminente debut ante sus colegas europeos. Para abrir boca, ha visitado Sicilia con la consigna de que ha llegado el final para la supuesta buena vida de los «sin papeles».

La cita del consejo de ministros del Interior convocado en Luxemburgo va a estar dominada por la reforma del reglamento de Dublín, el acuerdo establecido por la Unión Europea para racionalizar las peticiones de asilo y asegurar su tramitación en el primer Estado miembro de acceso. No sin razón, tanto los países del Grupo de Visegrado como Italia se sienten especialmente agraviados por esta desbordante obligación acompañada de tan poca solidaridad entre los aliados europeos.

Desde 2013, y esto no es una invención populista, solamente hasta Italia han llegado 700.000 personas procedentes de la creciente colección de Estados fallidos que se acumula al otro lado del Mediterráneo. Al principio de esta crisis humanitaria, un gran porcentaje de los que llegaban hasta las costas italianas proseguía camino buscando ventajas en latitudes europeas más hacia el norte. Sin embargo, esa posibilidad ha quedado bloqueada desde 2015 por los controles de fronteras impuestos por Francia, Suiza o Austria. Además de los centros de procesamientos que con el respaldo de Bruselas intentan asegurarse la identificación de «sin papeles» en su primer punto de entrada al bloque europeo.

Dentro de este tóxico pulso sobre inmigración, los extremos del espectro político representados por el cosmopolitismo liberal y los opositores más radicales se empeñan en monopolizar el debate. Sin embargo, estudios demoscópicos en Francia o Alemania insisten en que el verdadero problema se encuentra en el llamado «centro confuso», compuesto por pragmáticos económicos (optimistas que creen en la necesidad de inmigrantes pero les importa también la identidad de sus países); humanitarios escépticos (admitir refugiados es una cuestión de principios pero dudan de su integración); y los opositores moderados (recelan del islam y dudan tanto de la capacidad para aceptar tantos refugiados como de su veracidad).

A partir de ese centro consumido po r tantas dudas es donde los «Trumpini» son capaces de llegar al poder.

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