El magnicidio que destruyó la posibilidad de paz entre israelíes y palestinos

Las imágenes de un magnicidio desprenden átomos de irrealidad, dudas no resueltas sobre cómo lo inesperado, aunque barajado mil veces, ha podido suceder finalmente. El vídeo de la muerte de Isaac Rabin, asesinado a tiros el 4 de noviembre de 1995, forma parte de una filmoteca macabra, de una colección donde Kennedy, amigable desde un descapotable en Dallas, o Aldo Moro, en la guantera de un Renault-4 abandonado en Roma, nos recuerdan lo obvio: que el cargo no blinda al ser humano de su fragilidad. Ahora, en estos días de nuevos choques en Gaza, de traslados de embajadas a Jerusalén y de una opinión pública que se asoma a Oriente Próximo entre el asombro y la indignación, el político israelí, con una biografía que condesa las contradicciones de su país —pidió «romper los huesos» de los palestinos, pero también construyó los acuerdos de paz de Oslo—, vuelve a la memoria de muchos.

Rabin nació en Jerusalén en 1922, hijo de un matrimonio de judíos ucranianos que habían abandonado Europa del Este. En su juventud, el futuro primer ministro, tras sus estudios de agricultura, integró la Palmah, organización paramilitar que fue una de las matrices del Tsahal, el Ejército israelí. En 1964, fue nombrado jefe del Estado Mayor, y en ese puesto, tres años más tarde, hizo frente a la guerra de los Seis Días. Su paso a la vida política se produjo en 1968, cuando le enviaron como embajador de Israel a Washington. «Salvo por su inteligencia y su tenacidad, era un mal embajador —cuenta en sus memorias Henry Kissinger, el ex secretario de Estado de Estados Unidos, sobre él—. Taciturno, tímido, reflexivo, poco dado a la cháchara, Rabin poseía pocos de los atributos comúnmente asociados a la diplomacia. Las personas repetitivas le aburrían y los lugares comunes le ofendían. (…) Odiaba la ambigüedad, que es la sustancia de la diplomacia. Me encariñé mucho de él, aunque hizo poco para granjearse afecto».

«Rabin es un traidor»
A su regreso de Estados Unidos, la carrera de Rabin despegó: en 1974, tras la caída de Golda Meir, se convirtió en primer ministro, puesto al que regresó en 1992 y que desempeñó hasta su asesinato. En ese último mandato, y junto a su ministro de Exteriores, Shimon Peres, impulsó su lucha por la paz, batalla que se saldó con los
acuerdos de Oslo de 1993

—su fotografía dando la mano a Yasser Arafat con Bill Clinton de fondo es de las que ilustran los libros de Historia— y el acuerdo de paz con Jordania de 1994. Sin embargo, y pese a la esperanza que su trabajo despertaba en la comunidad internacional, parte de la sociedad israelí rechazaba sus esfuerzos. En un artículo publicado por el veinte aniversario de su asesinato, el diario «Haaretz» recordaba las manifestaciones en las que extremistas portaban pancartas donde le hacían llevar la kufiya, el pañuelo palestino, o vestir como un oficial nazi, mientras gritaban: «Rabin es un traidor, Rabin es un asesino»; también que un rabino realizó una ceremonia para rogar a «los ángeles de la destrucción» que muriera como tarde en noviembre, tal y como sucedió. Con el clima de odio bien alimentado, la improducencia del mandatario, convencido de su labor y reacio a tomar precauciones como la de ponerse un chaleco antibalas, le puso las cosas muy fáciles al radical Yigal Amir
.

Amir, de 25 años, era extremista israelí vinculado a movimientos de extrema derecha, dueño de un permiso para portar armas y decidido a frenar el proceso de paz impulsado por Rabin. Tres años antes, los acuerdos de Oslo habían supuesto un gran paso hacia el final del conflicto, otorgando a la Autoridad Nacional Palestina, dirigida por Yasser Arafat, el control sobre Cisjordania y la Franja de Gaza; el joven, como sus condiscípulos, rechazaba esas concesiones de plano. Impulsado por ese resquemor, el 4 de noviembre de 1996, durante un acto celebrado por el mandatario en Tel Aviv, consiguió pasar desapercibido entre los asistentes y quitarle la vida de varios disparos. «El asesino, que fue detenido —se leía en la crónica sobre el suceso que ABC publicó al día siguiente— dijo durante el interrogatorio policial que planificó el magnicidio ‘con sangre fría y los dientes apretados’, y que no se arrepiente de lo que hizo ‘porque sigo las órdenes de Dios’». Aunque Peres asumió el cargo de primer ministro, las elecciones de 1996, que se saldaron con la victoria de Benjamin Netanyahu, dieron al traste con las negociaciones.

Divisiones sobre su figura
El legado del mandatario causa divisiones. Para algunos, como el director de cine israelí Amos Gitaï, autor de «Rabin, el último día» (2015), un documental que reconstruye su asesinato, «hay que hablar de sus ideas, que son la moderación, la reconciliación, los gestos hacia el otro», según sus declaraciones a la radio belga «RTBF». Sin embargo, Amira Hass, columnista de «Haaretz» ha publicado artículos en los que recuerda algunas sombras del que fuera primer ministro, al que reprocha dureza con los palestinos.

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