Enterradas las dos primeras víctimas del ataque contra las mezquitas de Nueva Zelanda

En la zona musulmana del cementerio Memorial Park de Christchurch, rodeada de cruces y lápidas cristianas, este miércoles han sido enterrados los dos primeros de los 50 asesinados en el ataque del viernes contra dos mezquitas de esta ciudad neozelandesa. Se trata de Khaled Mustafa, un refugiado sirio de 44 años, y su hijo Hamza, de 16. Junto a la esposa y otro hijo, Zaid, llegaron hace solo unos meses a Christchurch huyendo de la guerra en su país y, paradójicamente, han muerto en el primer atentado religioso que ha sacudido a este país, uno de los más seguros y tranquilos del planeta. Es el drama de muchas de las víctimas que perdieron la vida en las mezquitas de Al Noor y Linwood. Por muy lejos que habían huido de la violencia, está acabó encontrándolos incluso aquí en Nueva Zelanda, el fin del mundo.

Pasadas las doce y media del mediodía (doce y media de la noche, hora peninsular española), el funeral empezó bajo una carpa blanca instalada junto a la zona donde se han excavado 50 tumbas para las víctimas de la masacre. Entre vallas y montículos de tierra, un par de cientos de personas alineadas en filas siguieron la «Janazah» (oración fúnebre musulmana), con las mujeres en la parte posterior separadas de los hombres. Ante los cuerpos envueltos en sudarios dentro de ataúdes abiertos y mirando a La Meca, el imán cantó cuatro veces «Allah Akbar» («Alá es el más grande») y los asistentes concluyeron con el saludo tradicional musulmán: «Salam Aleikun» («La paz sea contigo»). En medio de un silencio solo roto por los disparos de los fotógrafos, situados a unos cien metros al otro lado de la calle, padre e hijo fueron enterrados ante sus familiares y amigos, entre los que había muchos hombres ataviados con gorros y túnicas de color blanco y mujeres con velos negros.

En silla de ruedas, al funeral asistió también el otro hijo, Zaid, que sobrevivió al asalto de la mezquita de Al Noor pero resultó herido. «Tras el tiroteo, vio morir a su hermano, que pudo decirle unas últimas palabras antes de fallecer», contó a ABC uno de los asistentes al funeral, Khalifa Hasi, miembro del comité que dirige dicha mezquita. «Vinieron huyendo de la guerra y han encontrado la muerte aquí, donde nunca había ocurrido nada así», se lamentó el hombre, que emigró de Libia hace 22 años y acudió cubierto con una chilaba.

«Hemos conversado con la madre y está devastada, traumatizada… Apenas puede decir nada. Ella estaba hablando por teléfono con el marido cuando ocurrió el tiroteo», explicaron conmovidas dos mujeres, Nasreen Hanif y Gulshad Ali, a los periodistas congregados a las puertas del cementerio.

Por su parte, otro de los presentes, Jamil El-biza, destacó la entereza del hermano superviviente, que «ha querido asistir al funeral y, pese a estar herido, ha estrechado la mano de todo aquel que le daba sus condolencias». A su juicio, «mucha gente ha venido el entierro, la mayoría sin conocer siquiera a la familia, porque nunca deberían haber muerto de esta manera, en un lugar donde jamás pensamos que pudiera ocurrir algo así». Por ese motivo, destacó que «lo que más nos mueve ahora es la compasión», un sentimiento que se ha traducido en «el silencio con que todos hemos hecho el luto, en paz».

Procedente de Australia, de donde era el asesino, Mohamed Al Jibaly insistió en que hay que acabar con los discursos del odio y desligar el terrorismo de las religiones. «¿Deberíamos llamar a esto un atentado cristiano igual que a otros ataques los llamamos islamistas?», se planteó antes de alertar de una creciente ola contra lo musulmán. Preocupado, advirtió de que «estos pensamientos homicidas no vienen del vacío. Hay un caldo de cultivo que los provoca al culpar al islam de muchas de las cosas malas que ocurren en el mundo».

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