Érase una vez Alternativa para Alemania

Portadas del mundo entero tratan de descifrar hoy las siglas AfD, entre titulares que hablan de peligro para la UE y del regreso de los nazis al parlamento alemán. Para empezar a poner las cosas en su sitio, es necesario recordar que las víctimas del nazismo no permiten comparaciones triviales y que la Alemania de hoy en día poco tiene que ver política, económica y socialmente con aquella de los años 30. Pero dicho esto, la actual directiva de Alternativa para Alemania (AfD) no tiene el menor reparo en hacer constantes guiños a los neonazis y nostálgicos del nazismo, propiciando ellos mismos la comparación.

En sus inicios, en 2013, AfD estuvo formado por un grupo de profesores y funcionarios cercanos a las tesis monetarias del Bundesbank, a los que aterraban los rescates europeos a países de la periferia y un BCE dirigido desde 2011 por un italiano, Mario Draghi. Europa se les iba de las manos, en opinón de su fundador, Bernd Lucke, profesor de Macroeconomía de la Universidad de Hamburg, o y defendían la inmediata salida de Alemania del euro. Desde el principio hubo entre sus filas desencantados de la CDU, como Alexander Gauland o Erika Steinbach. Uno de cada diez militantes de AfD lo fue antes del partido de Merkel. Sin embargo aquella formación de corte liberal, nacionalista pero que no tenía nada que ver con la extrema derecha, logró solamente un 4,7% de los votos en las elecciones de 2013 y quedó fuera del parlamento, en contraste con los éxitos parciales obtenidos en parlamentos regionales (ha logrado entrar en 13 de los 16) y en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, en las que obtuvo el 7% y 7 eurodiputados.

En esos comicios ya habían tomado las riendas del partido personajes con un perfil muy diferente, como Beatrix von Storch, actualmente eurodiputada, duquesa de Oldenburg y nieta y heredera del conde Lutz von Schwerin-Krosigk, ministro de finanzas de Hitler hasta la caída definitiva del Reich en 1945. En un congreso celebrado el 4 de julio de 2015, fue cuando el ala más derechista se hizo definitivamente con el control del partido, que conserva la beligerancia contra Europa y que alcanzó además una proyección inimaginable hasta entonces gracias a tres factores. El primero de ellos fue la inesperada avalancha de refugiados de ese verano, un millón de personas en apenas dos meses, una situación humanitaria ante la que Merkel hubo de tomar medidas críticas y que causó un momentáneo colapso del sistema de inmigración y asilo en Alemania. La Nochevieja de Colonia, en la que más de mil mujeres fueron agredidas sexualmente por refugiados con total impunidad, supuso un antes y un después.

El segundo factor fueron los ataques terroristas que comenzó a sufrir Europa y que llegaron a Alemania en 2016, creciendo en intensidad hasta el atentado contra el mercado navideño de diciembre pasado. Y un tercer factor, menos evidente, fueron los contactos que la nueva presidenta del partido, Frauke Petry, comenzó a mantener en secreto con altos cargos de la administración rusa, en los que se sospecha que AfD ha obtenido asesoría y financiación.

Sin que el resto de la directiva del partido lo supiera, Petry se ha reunido en Moscú con el presidente de la Duma, Viacheslav Volódin, incluido en la lista negra de cargos rusos que tienen prohibido viajar a la UE, y con el líder del ultranacionalista Partido Liberal Democrático de Rusia, Vladímir Zhirinovski. Se supo en Alemania porque la web de la Duma colgó un comunicado con foto. Petry primero lo negó, después guardó silencio. El hecho de que ahora dé la espalda a la actual directiva del partido es síntoma de que la financiación rusa quedará solamente para su jurisdicción, Dajonia, en el este de Alemania, mientras que el resto del partido parece más orientado hacia Donald Trump, cuyo asesor de imagen, Harris Media, ha diseñado también esta última campaña electoral de AfD.

Fue esta empresa la que, para empezar sugirió una candidatura bicéfala en la que, además del ex CDU Alexander Gauland, figura la homosexual Alice Weidel, en claro guiño a ese colectivo. Desde el inicio de la campaña, la estrategia ha sido la provocación, los coqueteos con la xenofobia y el Tercer Reich, y una decidida apuesta por las redes sociales, en las que se beneficia del populismo que las caracteriza. En su sede de Berlín, en la Schillstraße, hay una sala dedicada permanentemente a promover el partido en las redes sociales a la que todos se refieren como el «War Room». Con esta táctica han logrado situarse como tercera fuerza política en las elecciones del domingo.

Hasta qué punto son realmente xenófobos lo definen las declaraciones de Alexander Gauland en su declaración de intenciones. «Lo siento, pero pensamos que un millón de personas tienen que marcharse de este país. Los que tengan pasaporte alemán se quedan. El resto son huéspedes. Y no nos vale el doble pasaporte porque no creemos en la doble nacionalidad».

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