Gobierno y talibanes: fuego cruzado por el poder en Afganistán

El atentado en Kabul de hace dos días que dejó siete muertos y más de quince heridos es otro símbolo más que augura la continuidad del caos político en Afganistán. Un ataque que tiene una doble lectura: por un lado, la expresión de los talibanes revelando su oposición a un régimen político dominado por Ashraf Ghani y Abdullah Abdullah con participación de la OTAN en la configuración del mismo; por otro, la interminable sangría que se ha adueñado de Afganistán tras la salida de las tropas de la ISAF en 2015, pero que permanecen en el país en misiones de adiestramiento y formación de las fuerzas de seguridad afganas, ejército y policía. Ni siquiera el acuerdo de paz propuesto por la Organización para la Cooperación Islámica —compuesta por 57 países de mayoría musulmana y capitaneada por Arabia Saudí— de llegar a un acuerdo de paz entre Gobierno y talibanes parece cuajar. Con todo, los afganos enfrentan ahora una carrera hasta octubre para, de una vez, celebrar elecciones, ya pospuestas por la inferencia de los atentados talibanes en el país, que cada vez son más frecuentes y más intensos. Balas, fuego y sangre. Esa es la estampa de la Afganistán actual.

La crisis que protagoniza Afgananistán tiene enormes y numerosos frentes abiertos, tanto sociopolíticos como culturales, religiosos e históricos. La mayor problemática de carácter interno es la acaecida por los talibanes, cuyos atentados dejan en evidencia la incapacidad del Gobierno de Ghani y Abdullah de gestionar la dinámica guerrilera del grupo. Jesús Núñez, codirector del Instituto sobre Conflictos y Acción Humanitaria (ICAH) y especialista en temas de seguridad, construcción de la paz y prevención de conflictos, advierte sobre el fracaso de la ISAF en la lucha contra los talibanes a través de la formación de fuerzas de seguridad afganas: «El nivel de corrupción y el nivel de sectarismo determina una escasa capacidad operativa de esas fuerzas de seguridad». En la década de los 90, los talibanes controlaban el 90% del territorio afgano y gobernaban el país, pero tras el 11-S, fueron derrocados y Estados Unidos y la OTAN intervinieron en un proceso electoral convulso para que los afganos eligieran a un Presidente. Tras el fin de las fases de combate de la ISAF en 2015, los talibanes han recuperado cerca del 56% de Afganistán, lo que pone en jaque al Gobierno actual.

La fuerza talibán es mayúscula debida a su formación y organización. Núñez explica que «se recobró la intención de pacificar el país a través de los jóvenes pastunes que se habían refugiado en zonas de Pakistán» para escapar de la etapa violenta que vivió Afganistán tras la salida de la Unión Soviética del País. Educados en las madrasas y con un sentido «espartano» de ver la vida «muy rigorista, con una simpatía por parte de la población afgana», los talibanes pasaron por el gobierno y salieron por su relación con Al Qaeda, más que simpática. Señala Núñez que «ahí hay un error estratégico brutal, y es entender que el desmantelamiento del régimen significa la derrota de Al Qaeda y de los talibán».

Las implicaciones internacionales en Afganistán parecen haber agravado la situación del país, ya que no se ha logrado ningún progreso real en la mediación. Ángel Galán, presidente del Instituto de Probática e Investigación Criminal (IPIC) y experto también en la materia, señala el primero de los problemas: «Rusia y EE.UU. no pueden solucionar nada en los países islámicos porque no entienden cómo es ese mundo. Por mucho tiro que peguen, no van a entender su realidad social, espiritual y militar». El experto achaca una imposición del pensamiento occidental sobre un país que, en definitiva, no lo es, por lo que la comprensión de las decisiones tomadas entre Gobierno y OTAN resultan dificultosas de digerir. Más aún cuando una de las demandas talibanes es la retirada de tropas extranjeras en territorio afgano. Pero esto, en principio, supone un apuro para Ghani y Abdullah, puesto que revelaría “una situación de debilidad que los propios talibanes podrían aprovechar”, rescata Núñez.

La cuestión electoral
El próximo 20 de octubre está previsto que en Afganistán se celebren elecciones presidenciales, pero la crisis agitada por los talibanes y la incapacidad del Gobierno de mantenerlos a raya complica la situación electoral. De nuevo, Núñez sostiene una premisa que afecta a la inquietud del votante: «No es tanto lo que voten los afganos en un momento determinado sino lo que, tras la escena, estén haciendo los líderes de esas comunidades para encajar los intereses particulares». La población afgana está dividida en diversas etnias y, para más inri, no existe una relevancia fáctica de partidos políticos, sino que son individuos los que se presentan a las elecciones, lo que conforma un régimen bicameral muy heterogéneo.

La alternativa al combinado Ghani-Abdullah es incierta, puesto que las personas sin pasado político son desconocidas para la población afgana, por lo que el gran éxito político suele ir de la mano de líderes sociales, espirituales o señores de la guerra. Por ello, la configuración de la Cámara del Pueblo y la Cámara de los Ancianos suele derivar en una fragua de intereses propios, guerrillas y, desde luego, incapacidad de gobernar Afganistán con estabilidad suficiente. No obstante, Galán señala que «Hay que dejar que el problema de Afganistán lo solucione el país, sin ningún apoyo externo de otros países para ningún bando». El experto afirma que se trata de una cuestión cultural: «Tenemos el problema de que queremos imponer nuestro pensamiento. La gente (en países arábes y musulmanes) tiene una cultura y una educación y piensa como piensa. Si hay enfrentamiento entre estas dos partes, ya hay conflicto».

Cámara de Ancianos
InfogramCámara del pueblo
InfogramLa resolución de los conflictos en Afganistán pasa ahora por la incertidumbre de qué papel jugarán los talibanes en el momento en que se celebren las elecciones de octubre. Ghani ya ofreció al grupo terrorista que se convirtieran en grupo político —algo similar a lo acontecido en Colombia con el gobierno de Santos y las FARC— para solventar la mayor escalada de violencia en Afganistán desde 2015, pero queda en evidencia que la respuesta ha quedado en un rotundo «no» por parte de los terroristas, también divididos entre ellos por la diversidad étnica propia del país y sus shuras (consultas coránicas para la toma de decisiones de especial relevancia), que ponen en la mesa una agenda talibán poco uniforme y, cuanto menos, caótica.

De continuar este oscuro pasaje en la historia reciente de Afganistán, el escenario se quedaría con pocas luces que alumbraran un posible cese del conflicto en el país. Las opciones son pocas: no hay líderes fuertes para sustituir al tándem Ghani-Abdullah, el actual Gobierno no ha sabido gestionar la actuación terrorista de los talibanes, la OTAN —y especialmente Estados Unidos, financiador clave de los talibanes­— ha caotizado si cabía más la situación y no hay una respuesta ciudadana evidente, cuyo protagonismo se limita a ser titular de atentados, careciendo de toda voz en la vida pública. Afganistán necesita un empuje interno de líderes que tengan capacidad de formar un gobierno fuerte, capaz de hacer deponer a los talibanes las armas y que, como nación, aúne a la diversidad étnica de Afganistán en un proyecto común. De no ser así, la violencia en las calles podría continuar hasta un nuevo régimen talibán. Las cartas están echadas.

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