La división de los socialistas pone en peligro la elección de Von der Leyen

Este martes por la tarde, el Parlamento Europeo ha señalado uno de los acontecimientos más importantes de su agenda: la elección del presidente de la Comisión Europea. Habitualmente, este era un simple trámite en el que los eurodiputados se limitaban a ratificar dócilmente la decisión que habían tomado los jefes de Estado o de Gobierno en el Consejo. Pero en esta ocasión, la situación ha cambiado radicalmente. El Parlamento de la anterior legislatura había amenazado con rebelarse si el Consejo no les presentaba uno de los aspirantes surgido del proceso de «spitzenkandidat» electoral, como al final ha sucedido. La alemana del grupo Popular Ursula von der Leyen es fruto de un consenso arrancado con fórceps entre los jefes de Gobierno, que no quisieron aceptar a ninguno de los candidatos de los partidos debido a las maniobras del español Pedro Sánchez y el francés Emmanuel Macron.

Para ser ratificada como presidenta de la Comisión y ser la primera mujer en la historia que ocupa el cargo, Von der Leyen necesita el respaldo de la mayoría absoluta del Parlamento, es decir, la mitad más uno de los eurodiputados (los escaños no ocupados no cuentan) que a falta de cambios inesperados de última hora son 379 votos. La suma de populares (182) y los antiguos liberales, ahora llamados «renovadores» (108) está aún lejos de esa mayoría, teniendo en cuenta que los socialistas se han vuelto a dividir y que lo menos probable es que voten en bloque. Los conservadores más euroescépticos a la derecha del PPE o los nacional-populistas podrían optar por un apoyo pragmático, pero el jueves los grandes partidos decidieron excluirlos de todas las presidencias de comisiones, por lo que podrían vengarse con un voto de castigo a la exministra de Defensa alemana. Los verdes, de los que se esperaba una posición un poco más flexible, fueron los primeros en sacar su espada y anunciar que no la apoyarán, como tampoco lo hará el grupo de la extrema izquierda. Además, a los países del Este se les había prometido una participación más significativa en el reparto de puestos europeos, pero el resultado de tantas horas de negociaciones fue todo lo contrario puesto que los cuatro cargos más relevantes se han atribuido a personalidades de los grandes países occidentales: Alemania, Francia, España e Italia.

Los socialistas, gran duda
La gran duda viene del lado del grupo socialista, que es el que reaccionó con más contrariedad ante el acuerdo del Consejo para designar a Von der Leyen. No tanto porque no se hubiera respetado el sistema de «spitzenkandidat» sino porque fracasaron las maniobras que promovió Pedro Sánchez a bombo y platillo para intentar beneficiar al candidato de su grupo, el holandés Frans Timmermans. El presidente del Gobierno en funciones recordará ahora el error que cometió hace cinco años al ordenar a los diputados españoles que no siguieran el acuerdo para nombrar a Jean-Claude Juncker, como había acordado el grupo socialista europeo. Muchos socialistas dicen ahora que en las reuniones que han mantenido con Von der Leyen «no ha respondido con claridad a ninguna de las preguntas que le hemos hecho», ni siquiera sobre sus planes de buscar una fórmula que permita que en las próximas elecciones europeas se respete el procedimiento que vincule la campaña electoral con la candidatura a la presidencia de la Comisión. Algunos de los gestos de la alemana, como prometer que intentará implantar un sueldo mínimo en toda Europa -a pesar de que es algo que no existe en Alemania) tampoco han tenido efectos visibles.

Para Merkel, esta situación puede marcar la recta final de su vida política, porque los que más se oponen a la nueva presidenta son precisamente los socialdemócratas alemanes, con los que está en coalición. El único elemento a favor de que una mayoría de socialistas voten a Von der Leyen es que si no lo hacen también saben que dificilmente lograrían un candidato socialista si el Consejo tuviera que designar otro.

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