La ‘marea rosa’ de candidatas en EE.UU. no será tsunami

El ciclo informativo tritura noticas y polémicas a una velocidad pasmosa. En la recta final de la campaña de las elecciones legislativas de EE.UU., apenas solo se habla de inmigración, de la caravana de centroamericanos, del discurso del miedo de Donald Trump, de las expectativas de los demócratas de recuperar la Cámara de Representantes, de la aparición redentora de Barack Obama… Sin embargo, el asunto más sustancial de estas elecciones, el factor que se recordará dentro de unos años, es la histórica participación de mujeres candidatas.

En dos años, EE.UU. ha dado un vuelco social que tiene ahora su reflejo en las papeletas electorales. Al día siguiente de la investidura de Trump, las calles de Washington se saturaban en la Marcha de las Mujeres, una respuesta a la elección de un presidente que muchas consideraron ofensivo contra las mujeres y contrario a sus derechos. Aquellas movilizaciones multitudinarias fueron el caldo de cultivo de muchas carreras políticas, galvanizadas después con el movimiento MeToo contra la desigualdad y los abusos contra las mujeres y nuevas manifestaciones este enero.

Los números son abrumadores, en comparación con anteriores citas electorales. Este martes se presentan 262 candidatas al Congreso, mientras que en las anteriores elecciones, 2016, solo fueron 81. Otras 16 son candidatas al puesto de gobernadora, cuando el récord previo era de diez candidatas. Todas ellas son mujeres que durante el último año han ganado las primarias de sus partidos, el número total de las que se presentaron a las elecciones es muy superior: solo para la Cámara de Representantes, lo intentaron 476 mujeres.

«No todo tiene que ver con Trump, no hay una razón universal que explica este aluvión», asegura Kelly Dittmar, investigadora del Centro de Mujeres Americanas y Política de la Universidad de Rutgers, que ha hecho un seguimiento detallado de su participación política en este ciclo electoral. «Pero las elecciones de 2016 fueron un catalizador para muchas mujeres. El resultado y la preocupación de que hubiera una regresión en las políticas de los ocho años anteriores de la Administración Obama fueron una motivación para buscar que se escucharan sus voces y entender la importancia de trasladar su activismo a una candidatura».

«La expectativa es que tras estas elecciones haya un nuevo récord de mujeres en el Congreso», explica Dittmar. «La cuestión será cuál es la magnitud en el incremento de la representatividad femenina». La actual es muy baja: las mujeres solo constituyen el 19,3% de la Cámara de Representantes y el 23% del Senado. Solo seis de los cincuenta gobernadores de los estados son mujeres.

A pesar de la llamada ‘marea rosa’ de candidatas «va a ser difícil que lleguemos al 25% de representatividad femenina en el Congreso», apunta Dittmar. «Quedará mucho por hacer después de estas elecciones», añade, con la vista puesta en que la historia no se repita. A 2018 se le ha llamado el Año de la Mujer. Pero no es el primero: también lo fue 1992, con unas elecciones en las que se pasó de tener 32 mujeres en el Congreso (5,9% del total de legisladores) a 54 (10%). En lugar de conseguir incrementos semejantes en las siguientes elecciones, el aumento de la representatividad ha aumentado a un ritmo muy lento desde entonces. «La etiqueta de ‘Año de la mujer’ hace que el éxito político de las mujeres parezca una anomalía», critica Dittmar.

El ritmo ha sido especialmente lento en el partido republicano. Tras la histórica, aunque limitada, marea de legisladoras en 1992, los conservadores reaccionaron y el número de mujeres entre sus filas ha evolucionado muy poco. Entre los demócratas, el 43% de sus candidatos a la Cámara de Representantes son mujeres, mientras que entre los repúblicanos es solo el 13%. «Incluso lo más probable es que tras estas elecciones haya menos mujeres republicanas en la cámara baja»; advierte Dittmar. «Nos tenemos que preguntar qué pasa en el lado republicano, porque es imposible que se llegue a una representatividad cercana al 50% si solo elegimos a mujeres demócratas».

No siempre ha sido así en el partido republicano. De sus filas salió en 1900 la primera mujer elegida para el Congreso, Jeannette Rankin; la primera alcaldesa de una gran ciudad con Bertha Landes, que ganó las elecciones locales de Seattle en 1924; o la primera presidenta de un comité del Congreso, Mae Ella Nolan, en 1925. Las primeras gobernadoras de minorías raciales también han sido republicanas: la latina Susana Martínez, elegida en 2010 en Nueva México; y Nikki Haley, de origen indio, que se convirtió ese mismo año en gobernadora de Carolina de Sur y ha sido embajadora ante Naciones Unidas en la Administración Trump.

La otra cara de la actual ‘marea rosa’ de candidatas es comprobar cuál será su efecto en las urnas. No hay datos históricos que demuestren que, a mayor presencia de candidatas, las mujeres acuden más a las urnas (aunque, desde los años 80, su participación siempre es superior a los hombres). «No hay duda de que hay más entusiasmo entre el electorado femenino, sobre todo entre mujeres demócratas», asegura Dittmar, que explica que MeToo o la confirmación de Kavanaugh han servido para movilizar a las votantes. Su influencia en el resultado, sin embargo, está por ver. «Los estudios muestran que las mujeres se alinean mucho más con su partido que con su género».

Un electorado clave será el de las mujeres blancas con estudios universitarios. En 2012 votaron más a Mitt Romney que a Obama. En 2016, Hillary Clinton ganó en ese electorado por 6 puntos. No está claro si fue una reacción al lenguaje ofensivo de Trump o si se trata de un desmarque ideológico frente al partido republicano. Pero, si se consolida la tendencia, tendrá un impacto claro en la configuración política futura de EE.UU.

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