La orden de prisión contra Lula le deja sin opciones en las próximas elecciones

El líder de la izquierda brasileña, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, decidió desobedecer la recomendación del juez Sergio Moro, de entregarse hasta las 5 de la tarde, hora local, en la sede la policía federal en Curitiba, a 400 kilómetros de São Paulo, la ciudad donde cumplen su pena la mayoría de los condenados en la Operación Lavacoches.

El expresidente del PT, Rui Falcão, fue uno de los portavoces que anunciaron en la mañana que Lula no iría a Curitiba. La resistencia de Lula le está creando problemas a la Policía Federal, que teme por su seguridad y por los enfrentamientos, si se presenta a buscarlo en el sindicato. La expectativa es que el político opte por entregarse en São Paulo, con lo que se mantendría dentro de las imposiciones de Moro. Dirigentes del partido estarían negociando con autoridades la mejor forma de esa entrega.

Mientras las horas pasaban, sus abogados apelaban a la Justicia brasileña con un nuevo Habeas Corpus, y presentaban una medida cautelar a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra, reclamando la velocidad de su proceso, tres veces más rápido que lo normal, y pidiendo que tenga el derecho de presentar todos los recursos que le caben en la segunda instancia, lo que le daría unos días más de libertad.

El exobrero metalúrgico va a la cárcel condenado a 12 años de prisión por ser apuntado como el dueño de un tríplex de 215 metros cuadrados frente a la playa de Guarujá, a una hora de São Paulo. Según dos instancias judiciales, el piso sería una retribución a las ventajas que su Gobierno le dio a la constructora OAS en contratos con la estatal Petrobras.

Esa trama, en que políticos reciben dinero de empresas a cambio de favores en negocios públicos, es el crimen expuesto por la Operación Lavacoches, en la que participan jueces, el ministerio público y la Policía Federal. Lula no es el único pero sí el más popular, el más importante que va a prisión, asociado a las investigaciones contra la corrupción y la impunidad. Otros políticos, de los casi 300 investigados, entre ellos el actual presidente Michel Temer, se escudan en la inmunidad de sus cargos. Otros, como el excandidato socialdemócrata, José Serra, se han beneficiado de ver sus procesos judiciales prescritos por la lentitud de la ley.

El futuro del PT
Aún hay petistas que insisten en que Lula sigue siendo candidato y, existen caminos legales para que lo consiga, pero a los 72 años, desgastado por una viudez reciente y por dos años intensos defendiéndose en tribunales y en mítines y caravanas a lo largo del país, es más probable que el PT tome otros rumbos.

Sin nombres fuertes de la generación de Lula, surge el del exalcalde de São Paulo y exministro de Educación de Lula, Fernando Haddad, un joven profesor de filosofía de la Universidad de São Paulo, que pese a perder la reelección, salió bien evaluado del cargo y sin sospechas de corrupción. Su derrota frente al alcalde actual, João Doria, fue atribuída al desgaste del propio partido en SP. Haddad es un potencial heredero de los votos de Lula.

Otra opción sería que el PT apoyase la candidatura del exgobernador de Ceará y exministro de Lula Ciro Gomes, que se presentará por otro partido, o que se cree un Frente amplio de izquierda, siguiendo el modelo uruguayo, una de las opciones que Lula llegó a rechazar en el pasado. Parece difícil, sin embargo, imaginar que el PT deje participar, por primera vez en su historia, de una elección presidencial.

El líder que va a prisión
Lula da Silva nació en Garanhuns, interior de Pernambuco, una de las regiones más pobres y desiertas del país y una de las que más se benefició durante los ocho años de su Gobierno y los trece en que su Partido de los Trabajadores (PT) estuvo en el poder. Dejó el cargo con más de 80% de popularidad, un caso inédito en el país.

Pese a las denuncias a la orden de su prisión, Lula da Silva, sigue siendo el político más popular de la historia de Brasil y, va a la cárcel con un 36% de las preferencias en los sondeos para elección presidencial de octubre de este año, para la que ahora se encuentra inelegible.

Gracias a su carisma y a su capacidad de orador, Lula fue siempre un político popular, e incluso cuando fue presidente, aterrorizaba a sus guardaespaldas, saliéndose de los protocolos, para mezclarse a la multitud que lo seguía.

Desde su primera elección para diputado, en 1986, cuando fue el más votado del país, no dejó la política. Fue tres veces candidato a la presidencia y fue electo presidente por primera vez en 2002. En esa primera gestión, parte de su equipo cayó bajo acusaciones de corrupción, entre ellos, José Dirceu, su mentor intelectual.

Tras su segundo mandato, eligió a su sucesora y exmano derecha, Dilma Rousseff, que era tan impopular, que le dio al líder la fama de ser capaz de «elegir postes». Rousseff, sin embargo, cayó en su segundo mandato, destituida en un juicio político, por haber llevado al país a una seria crisis económica.

Las primeras denuncias del juez Moro contra Lula surgieron en el segundo mandato de Rousseff. El expresidente comenzó a debilitarse cuando trató de asumir un ministerio en el gabinete de Rousseff para conseguir inmunidad frente a una prisión, en marzo de 2016. Fue en ese momento que comenzó a perder credibilidad, inclusive entre militantes.

Pese a no ser el mismo que dejó la presidencia en 2011, recibido por autoridades del mundo e incluso el Rey de España cuando no tenía más cargo político, Lula aún ancla su fama en avances logrados en Brasil durante su mandato, por haber reducido niveles de miseria, y por llevar a las universidades a sectores de la población, como las clases más bajas y a los negros.

Buena parte de esos grupos sociales y los partidos de izquierda, apoyan la tesis de que Lula es un perseguido político y que su prisión es una salida para evitar su candidatura. De otro lado, hay otra buena parte del país que celebra su llegada a la cárcel como un marco contra la corrupción y la impunidad. Mientras el país se divide, la prisión de Lula ya es un hecho y habrá que ver cuáles serán los nuevos rumbos de las pasiones políticas brasileñas, lo cierto es que la gigantesca red de corrupción del país no se entierra con esta prisión.

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