Las campanas de Memphis sonaron por Martin Luther King

Jesse Jackson, uno de los líderes históricos de los movimientos por los derechos civiles en EE.UU., estaba muy cerca de Martin Luther King cuando el Nobel de la Paz recibió un disparo mortal en el Motel Lorraine, en Memphis (Tennessee), hace ahora cincuenta años. King había salido al balcón del primer piso, delante de su habitación, la 306, y Jackson le esperaba con el resto de acompañantes justo debajo, en el aparcamiento. Él fue uno de los primero que corrió a tratar de socorrer a King, que murió de forma casi instantánea, con una bala que le penetró por la mejilla derecha.

Ayer, pocos minutos antes de cumplirse el aniversario, Jackson estaba subido a ese mismo balcón, en el acto principal de las conmemoraciones de su asesinato. Golpeó con sus nudillos el quicio de la puerta del cuarto 306, imitando el sonido que escuchó en aquel momento. Jackson comparó la muerte con la vida de Jesús: «Atlanta fue su Belén, el Mason Temple [la iglesia de Memphis donde dio su último discurso, la víspera de su muerte] fue su Getsemaní y este balcón fue su calvario», aseguró. «Fue su calvario y también su resurrección», dijo sobre el lugar, que también simboliza el progreso de la minoría negra en EE.UU. desde entonces: «De un balcón en Memphis a un balcón en la Casa Blanca». El objeto de su referencia, Barack Obama, no estuvo en los actos de la ciudad sureña, pero tuvo presencia a través de un vídeo: «América es más justa y más libre que en la época de King. Pero tenemos que ser conscientes de todo el trabajo que queda por hacer».

El ex presidente fue uno de los más aplaudidos. No hubo representación de la Administración Trump, pero sí muchas referencias al sucesor de Obama, al que se le sitúa en el centro del mayor protagonismo del supremacismo blanco en EE.UU. en los último tiempos. La presencia de políticos locales fue lo único que quebró la armonía de la tarde: el gobernador de Tennessee, Bill Haslam, del partido republicano, fue abucheado, mientras que las intervenciones del alcalde de Memphis, Jim Strickland (demócrata), y del condado de Shelby, Mark Luttrell (republicano), fueron ahogadas a ratos con gritos de «Cincuenta años sin cambios». Memphis es la más pobre de las ciudades de EE.UU. con más de un millón de habitantes y tiene uno de los peores índices de criminalidad del país.

En el acto participaron otros líderes del movimiento de derechos civiles cercanos a King, como Bill Lucy y James Lawson, líderes religiosos y activistas locales. El último en intervenir fue Michael Pfleger, un sacerdote católico y activista social de Chicago, que ofreció un discurso muy duro contra el olvido del mensaje de justicia económica y racial de King: «Os desafío a que no cometamos el error que a América le gustaría que hiciéramos: que nos juntemos aquí y en todo el mundo y simplemente recordemos a King, releguemos su vida a un momento histórico de nostalgia y luego sigamos con nuestras vidas. Porque si lo hacemos nos convertimos en los cómplices contemporáneos de su asesinato». Pfleger recordó que «aunque las banderas confederadas [un símbolo racista en EE.UU.] se hayan arriado, su espíritu vuela alto y fuerte en América hoy en día».

El final de sus palabras coincidió con el inicio de las campanadas que marcaban que eran las seis y un minuto de la tarde, el momento en el que James Earl Ray disparó a King desde un edificio enfrente del motel. Sonaron 39 veces, en este lugar y en otros doscientos templos, iglesias y universidades de EE.UU., en recuerdo de la edad que King tenía al morir. Su sonido no fue la música de despedida, sino la melodía ‘Take My Hand, Precious Lord’, uno de los himnos de gospel favoritos de King, y que había solicitado que le cantaran esa misma noche. Al Green, el célebre cantante de soul, interpretó para los miles de asistentes la canción que King no volvió a escuchar.

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