Las escenas más surrealistas y polémicas que ha protagonizado Jean-Claude Juncker

Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, se ha vuelto a colocar en el ojo del huracán. Este miércoles apareció tambaleándose, incapaz de mantenerse erguido y de bajar unos peldaños que distaban pocos centímetros del suelo, en un acto de la cumbre que la Alianza Atlántica (OTAN) ha celebrado estos días en Bruselas.

This looks awfulpic.twitter.com/g486YR3H3D— Bruno Maçães (@MacaesBruno)

12 de julio de 2018Aunque muchos le han acusado de haber acudido al evento bajo los efectos del alcohol, el político luxemburgés se ha defendido y ha achacado sus movimientos torpes y su paso renqueante a la ciática, según él, única culpable de que se le entumeciesen las piernas. «Preferiría estar borracho», comentó con sorna el propio Juncker a los medios.

Sin embargo, esta no es la primera vez que la polémica se cierne sobre el presidente de la Comisión Europea, de 63 años. En torno a su figura circulan mitos y habladurías que el político se ha visto obligado a desmentir en varias ocasiones. Es el caso de las declaraciones que vertió contra él Jeroen Dijsselbloem, a quien precedió como presidente del Eurogrupo entre 2005 y 2013. El político neerlandés aseguró en un programa cómico que Juncker era un «fumador y bebedor invertebrado».

El circo de Juncker
Conocido por hacer pausas para fumar a lo largo de unas reuniones que muchas veces se alargan más de lo normal, el veterano político tiene un carácter fuerte y peculiar. El 21 de mayo de 2016, durante una cumbre que se celebró en Riga (Letonia), recibió a los líderes con una actitud jocosa que se salía del marco de lo institucional y que dejaban vislumbrar su estilo informal.

Abofeteó, siempre con una actitud amistosa, al ministro de Exteriores de Luxemburgo y besó la frente del dirigente belga, Charles Michel. Se colgó del hombro de un atónito Françcois Hollande, ex primer ministro de Francia, e hizo el saludo militar a un descolocado José Manuel García-Margallo, exministro de Exteriores español. Tampoco dudó en preguntar el nombre a algunos mandatarios europeos, hacerles bromas o insistirle a una de las representantes femeninas para que lo saludase con un tercer beso.

Puso el broche de oro al acto cuando colocó su corbata sobre la camisa del mandatario griego, Alexis Tsipras, y se la mostró a modo de regalo a sabiendas de que el primer ministro heleno nunca viste corbata. Semanas más tarde, dejando de lado su actitud afable, se olvidó de las bromas y calificó a Tsipras de «mentiroso» en plena crisis de las relaciones entre Grecia y la UE.

Cruzada contra los eurófobos
El 28 de junio de 2016, en una sesión plenaria extraordinaria convocada por Bruselas tras la victoria del Brexit, se dirigió a los eurodiputados del UKIP, el partido de ultraderecha británico que en todo momento había apoyado la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea: «Estoy sorprendido de verles aquí. Ustedes apoyaron la salida. ¿Por qué están ustedes aquí?». Minutos más tarde, le tocó responder al antiguo líder de la formación eurófoba, el no menos polémico Nigel Farage, que vaticinó que «Reino Unido no será el último país en abandonar la UE».

No obstante, antes de convertirse en la cabeza visible de la Comisión Europea –en 2014– Juncker ya era conocido por no tener pelos en la legua y por ser un imán para la controversia. Fue el primer ministro de Luxemburgo entre 1995 y 2013; un cargo con el que el político, considerado el perfecto eurócrata por muchos, ya comenzó a desatar polémica: durante los 18 años que duró su mandato, el pequeño ducado se convirtió en un cuasi paraíso fiscal. Unas acusaciones de las que el ex mandatario luxemburgués de defendió diciendo que había sido el «responsable político» del sistema fiscal del país, no su «arquitecto».

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