«Las protestas pacíficas no sirven, hay que seguir luchando»

Poco ha durado la relativa tranquilidad que vivía Hong Kong desde el fin de semana pasado. Tras la tregua sin choques entre los manifestantes y la Policía, la violencia repuntó ayer en las protestas contra el autoritario régimen chino. Desde primera hora de la tarde, cuando concluyó una manifestación autorizada en la bahía de Kowloon, hasta la noche, miles de jóvenes se enfrentaron a los antidisturbios por todo este distrito.

Presionado por Pekín, que había criticado que pusiera trenes especiales para evacuar a los manifestantes las semanas anteriores, el metro cerró las estaciones alrededor de la protesta para dificultar su asistencia e impedir más huidas. Pero los jóvenes recurrieron a sus tácticas de «guerrilla urbana» y jugaron al ratón y al gato con los agentes.

Con su uniforme negro completado por máscaras, gafas y cascos, un grupo muy numeroso se separó de la manifestación y montó barricadas con troncos de bambú ante la comisaria de Ngau Tau Kok. La marcha, en teoría para protestar contra unas «farolas inteligentes» que los manifestantes sospechan que incorporan cámaras con reconocimiento facial, pronto derivó en el vandalismo que ya caracteriza a cada fin de semana en la antes apacible Hong Kong. Aunque el Gobierno insiste en que dichas «farolas inteligentes» solo recopilarán datos del tráfico y el tiempo para la entrada en funcionamiento del internet 5G, los jóvenes las tomaron con ellas y destrozaron todas las que encontraron.

Después asediaron la comisaría, a cuyas puertas aguardaban los antidisturbios rodeados por una nube de periodistas y cámaras. «Fuimos a la multitudinaria manifestación del domingo y a la cadena humana y sirven para difundir nuestra lucha a nivel internacional, pero no para que el Gobierno nos escuche», explicaban a ABC dos estudiantes de 24 años, Suki y Janice, que llevaron a este corresponsal en autobús desde la última parada de metro abierta hasta la comisaría. Se habían enterado de su cerco a través de las redes sociales, la herramienta de comunicación de estos jóvenes adictos al móvil, y allí se unieron a la retaguardia tras ponerse sus máscaras negras.

Disparando gases lacrimógenos por primera vez en más de una semana, los antidisturbios dispersaron a los jóvenes, muchos de los cuales se refugiaron entre los soportales del cercano centro comercial Telford. Desde sus jardines en alto, les lanzaron piedras, adoquines y hasta un par de cócteles Molotov, con tan mala puntería que casi queman a los fotógrafos arremolinados para retratar el asalto.

Movilización vecinal
A pesar del caos que provocaron los jóvenes, que abrieron las bocas contra incendios y soltaron jabón en el suelo para que resbalara y la Policía no pudiera avanzar, los vecinos la emprendieron con los antidisturbios. Reprochándoles que dispararan gases de pimienta a pocos metros de los manifestantes, varios ancianos los echaron de la entrada a la zona comercial. «Los jóvenes defienden la justicia», les apoyaba la dependienta de un comercio que, como los demás, tuvo que cerrar.

«Las protestas pacíficas no sirven, hay que seguir luchando para presionar al Gobierno y que cumpla nuestras peticiones», advertía tras su máscara un consultor de 30 años, Yip, que estaba en primera línea de los enfrentamientos para «proteger a los estudiantes de la Policía». Entre las demandas de los manifestantes figuran la retirada total de la ley de extradición a China, que ha sido suspendida, y la creación de una comisión de investigación sobre el uso de la fuerza policial. Además, quieren la amnistía para los detenidos por «disturbios», un delito penado con hasta diez años de cárcel, y que se reactive el proceso democrático para alcanzar el prometido sufragio universal. «A lo que aspiramos es a mantener nuestras libertades y a votar», resumía Yip, muy crítico con la jefa ejecutiva del Gobierno local, Carrie Lam.

Tras la tregua del fin de semana y la masiva manifestación del domingo, Lam ofrece diálogo, pero elude todas las peticiones. Sin una sola solución política, Hong Kong está tan roto que los vecinos acorralaron y echaron a la Policía para que no detuviera a más de los 28 jóvenes apresados. Los demás siguieron sus batallas campales por otros barrios. Pasada la medianoche, y bajo la lluvia torrencial de un tifón, parecía que en los bares de «señoritas» de Wan Chai las bandas filipinas tocaban para ellos «El Muro» de Pink Floyd: «¡Eh, profesor! Deja a los chicos en paz!».

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