Los choques en el Golán hacen temer una escalada bélica en Oriente Próximo

Israel anunció ayer que «casi todas las bases de Irán en Siria» fueron atacadas durante la jornada con misiles, en respuesta al ataque nocturno de las fuerzas de Teherán contra posiciones israelíes en los Altos del Golán. El intercambio artillero, el primero entre los dos archienemigos de Oriente Próximo, hace temer una escalada bélica y sirve de traca al nuevo clima de rivalidad en varios niveles que rememora los peores momentos de la Guerra Fría. Al choque entre israelíes e iraníes se suman en la región otros dos pulsos: el geoestratégico que libran Estados Unidos y Rusia, y el ideológico que mantienen las dos grandes sectas del islam, la suní y la chií. Dos niveles que, en la mayor parte de los casos, se superponen. Estados Unidos ha forjado fuertes alianzas con los regímenes suníes, y Rusia con los chiíes.

Esa correlación de fuerzas es puramente pragmática porque la alianza de Estados Unidos con las monarquías suníes no obedece a un código de principios políticos, ni a un presunto compromiso con la democracia y las libertades en el mundo árabe; de hecho, no es infrecuente -ni lo fue en el pasado- el respaldo de Washington a sistemas aún más intolerantes e integristas que los que sostiene Moscú. El colapso del Acuerdo Nuclear con Irán marca un jalón importante en la nueva Guerra Fría. Donald Trump se retiró hace tres días del pacto internacional con Irán -«yo hago promesas y las cumplo» dijo en su declaración solemne- después de haber constatado el impacto negativo del acuerdo gestado por su antecesor, Barack Obama, en muchos frentes estratégicos, y no solo en el nuclear. Washington está convencido de que el acuerdo de 2015 no impidió que Irán desarrollara -a espaldas de los mecanismos de control internacionales- el arma atómica; y, en cualquier caso, de que lo haría dentro de pocos años, cuando la moratoria expirase según lo pactado. Pero, además, la supresión de las sanciones ha permitido al régimen de los ayatolás disparar en los últimos años su presupuesto militar, sin el que no se explica su omnipresencia en los conflictos de Oriente Próximo ni sus éxitos en el campo de batalla.

Donald Trump recordó que el levantamiento de las sanciones a Irán le ha permitido aumentar un 40 por ciento su gasto militar, pero no dijo que la bonanza económica por el libre flujo del petróleo iraní ha permitido también un respiro a la clase media persa. El régimen iraní seguirá gritando «Muerte a América» en las calles, y la sufrida población, a la que esperan tiempos duros, tendrá un motivo menos de agradecimiento hacia los norteamericanos. Pero Trump tiene razón: es un disparate bombear recursos a un régimen que no se ha apeado de su odio a Norteamérica, ni de su intención de «borrar a Israel del mapa».

Bombas y diplomáticos
La decisión de Trump solo aclara un diagnóstico un tanto sombrío para su otrora hegemonía en Oriente Próximo. EE.UU.ha retrocedido, ya con Obama, en toda una región clave por sus recursos energéticos y su localización. El régimen chií iraní, y su principal valedor internacional, Rusia, han cambiado la suerte del régimen dictatorial de Al Assad, que hace poco parecía perdido; desafía en Yemen a la mayoría suní con su apoyo a los rebeldes hutíes (chiíes); y reina en el Líbano, como acaba de demostrar la victoria del movimiento político-militar de Hizbolá en las últimas elecciones parlamentarias.

La Rusia de Vladímir Putin ha reeditado en Oriente Próximo la rivalidad de la Guerra Fría con Occidente, por medios bélicos -los bombardeos rusos en Siria han sido claves para explicar el cambio de tornas- y por medios diplomáticos. Estados Unidos tiene en este momento puestos sin cubrir en embajadas y legaciones de países claves como Egipto, Jordania, Libia, Qatar, Arabia Saudí, Siria y Turquía, mientras que los diplomáticos rusos se cuelan por todas las rendijas. La Administración Trump se ha comprometido a reducir su presencia militar en varios países, tal como ya estableción en su día Obama, pero lo hace tímidamente, consciente del empuje de iraníes y rusos.

La nueva Guerra Fría tiene, además del geoestratégico de las superpotencias, un complejo estrato ideológico. La mayoría suní considera «herética» a la minoría chií, históricamente reprimida y diezmada en el campo militar. La disputa entre suníes y chiíes fue, tras la muerte de Mahoma, un problema sucesorio, pero con los siglos ha conducido a una interpretación distinta del Corán y de la Sharía, la ley islámica. En su pugna por la hegemonía en Oriente Próximo, tanto el régimen absolutista saudí como el teocrático iraní explotan esas diferencias religiosas para enfervorizar a sus pueblos.

Lo paradójico del alineamiento de Estados Unidos con el mundo suní frente al chií -con la excepción de Irak- se basa en el hecho de que el chiismo es en el plano teórico más cercano al Occidente cristiano que el sunismo. Los chiíes creen en el poder de intercesión de sus sant

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