Macron resiste el primer pulso que le echan en la calle los sindicatos

Entre 200.000 y 400.000 manifestantes protestaron este martes en toda Francia contra la reforma laboral que Emmanuel Macron está imponiendo con un recurso institucional, las ordenanzas, que recorta al mínimo el debate parlamentario. La protesta callejera, muy moderada, es la expresión de un descontento social de imprevisible alcance político.

Según la CGT, primer sindicato francés, convocante de las 180 manifestaciones en todo el territorio nacional, en la movilización de París participaron unas 60.000 personas. Según la Prefectura, la más importante de las manifestaciones solo consiguió reunir a unos 24.000 manifestantes.

A título comparativo, la primera de las manifestaciones de protesta contra la reforma laboral de François Hollande, el 9 de marzo de 2016, reunió a más de 100.000 manifestantes en París. Este martes hubo 40.000 manifestantes menos, según las cifras oficiales de la CGT, que considera un éxito la movilización en toda Francia, con una participación total de unos 400.000 manifestantes.

En un país de 67 millones de habitantes se trata de una movilización sindical mínima, muy modesta.

Hay convocadas nuevas manifestaciones a lo largo de las próximas semanas. Pero todas corren el riesgo de ser víctimas de la misma balcanización social y política: los sindicatos están muy divididos; las izquierdas políticas están divididas, fragmentadas y hundidas; la derecha política tradicional intenta organizar su reconstrucción tras el eclipse de sus figuras históricas (Nicolas Sarkozy); la extrema derecha de la familia Le Pen atraviesa una grave crisis de identidad y liderazgo; la extrema izquierda populista de Francia Insumisa (FI), el micro partido de Jean-Luc Mélenchon, intenta capitalizar un descontento difuso e imprevisible…

El resultado de la jornada de manifestaciones parece sugerir, sin embargo, que Emmanuel Macron ha ganado su primer pulso con los sindicatos, divididos y poco movilizadores.

A paso de ordenanza
En la manifestación de París, la protesta estrictamente sindical quedó parcialmente eclipsada por esporádicos estallidos de violencia y enfrentamientos físicos entre grupúsculos radicales y unas fuerzas del orden que neutralizaron toda resistencia de manera muy expeditiva: con cañones de agua y granadas lacrimógenas. El tono festivo y contracultural de muchos manifestantes, protestando desnudos, armados de guitarras contra los antidisturbios, quizá iluminaba los nuevos rostros de la angustia social, sin ofrecer una resistencia de fondo contra los proyectos del presidente Macron, que parece beneficiarse de varios procesos paralelos.

Recurriendo a las ordenanzas, un arma institucional que permite aprobar un proyecto de ley sin debate parlamentario de fondo, Macron ya ha impuesto su reforma laboral, de carácter liberal. Cuando las ordenanzas lleguen a la Asamblea Nacional serán aprobadas y podrán entrar en vigor a lo largo del otoño: el despido más barato, el recorte de las indemnizaciones y el poder sindical se habrán impuesto sin traumas mayores. Vendrán nuevas manifestaciones de protesta, sin duda: pero no podrán paralizar, recortar ni revisar una reforma llamada a cambiar el modelo nacional, liberalizado parcialmente.

Ante tal evidencia, la división sindical impide cualquier resistencia de fondo. Solo la CGT, primer sindicato, de tradicional sensibilidad comunista, ha convocado manifestaciones de protesta, con un éxito modesto. El resto de los sindicatos mayoritarios (FO y CFDT) protestan verbalmente, pero han comenzado por evitar el choque frontal con el poder político, dejando «vía libre» al gobierno de Emmanuel Macron. Unidos, los sindicatos consiguieron humillar a François Hollande y su primer ministro, Manuel Valls, en 2016. Divididos, los sindicatos comienzan por estrellarse contra el muro granítico de las ordenanzas de Macron.

En el terreno estrictamente político, el hundimiento de las izquierdas hace más visible la mayoría política y parlamentaria de Macron, cuyo partido, La República en Marcha, tiene la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. Ante esa recomposición radical del paisaje político francés, el PS está literalmente hundido, es un campo de ruinas políticas, incapaz de alzar la voz. El PCF vegeta en forma de grupúsculo insignificante. Fuerza Insumisa (FI, extrema izquierda), el partido populista de Jean-Luc Mélenchon, pretende movilizar al pueblo de izquierdas, pero está enfrentado con el PCF, con el PS y con el resto de los grupúsculos de izquierdas.

En la derecha tradicional, Los Republicanos (LR, el partido refundado por Nicolas Sarkozy, camino de su jubilación política), ha comenzado una laboriosa reconstrucción que debe comenzar el mes de diciembre que viene, con la celebración del congreso de la refundación.

Por su parte, la opinión pública apoya por ahora las reformas iniciadas por Emmanuel Macron. Según un sondeo del matutino conservador «Le Figaro», el 66% de los franceses estiman que la reforma laboral «es buena para la creación de empleo». Se trata de un argumento imparable. La opinión pública parece esperar efectos positivos de una reforma que la derecha tradicional y varios sindicatos no critican.

A los cinco meses cortos de ser elegido presidente de la República, Emmanuel Macron ha perdido mucho terreno en los sondeos de opinión, pero está imponiendo su primera reforma de fondo.

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