Putin visita Viena para atizar la división en el seno de la UE

Putin aprovechó ayer su visita a Viena, el primer viaje que realiza a la UE desde su reelección, para emitir claras señales de reconciliación con Europa. «Estamos totalmente abiertos a trabajar junto a Europa», dijo situado cerca de su homólogo austríaco, Alexander Van der Bellen, pero bizqueando contrariado cuando este pronunciaba por su parte la frase «Rusia forma parte de Europa» y dejando claro que esa reconciliación no tendrá lugar con toda Europa, sino con la creciente derecha de tintes antieuropeos y formas populistas que se extiende por todo el continente. «Austria es para Rusia un socio europeo fiable», dijo orgulloso Putin, levantando un invisible muro entre gobiernos como el del conservador Sebastian Kurz, que se ha asociado con Christian Strache, líder de los antieuropeos y ultranacionalistas del FPÖ, y las instituciones de Bruselas, que junto con los gobiernos de Francia y Alemania siguen formando el núcleo duro de la UE.

Tras la disposición de Putin a reparar los lazos rotos por la invasión de Crimea y quemados en la crisis de Siria, está naturalmente el interés ruso de poner fin a las sanciones europeas. «Las sanciones nos causan daños a todos», insistió durante sus primeros actos públicos en Viena, «El bloque europeo es el socio comercial más importante de Rusia y también sale perjudicado».

Sutilmente dejaba traslucir además la amenaza energética, puesto que en el programa de la visita figuraba la celebración del 50º aniversario de la firma del primer acuerdo de venta de gas natural ruso a la república alpina. La UE importó un total de 193.900 millones de metros cúbicos de gas ruso en 2017, lo que supone una cifra récord en la historia de suministros de la Rusia moderna y un porcentaje de dependencia nada desdeñable, a pesar de los esfuerzos de diversificación de las fuentes de energía.

Puerta de entrada
Pero además de los evidentes intereses económicos, Putin persigue una finalidad estratégica. Lo que estamos viendo en realidad en Europa es una competición abierta entre los gobiernos de Rusia y EE.UU. por hacerse con la influencia de las emergentes fuerzas políticas situadas en el extremo derecho de los arcos parlamentarios, con las que comparten los valores ultranacionalistas, cierto desprecio por las instituciones internacionales multilaterales y una cultura del poder asociada a la figura masculina, vigorosa e inmisericorde, como trata de aparentar Putin en sus últimas fotos con el torso desnudo, que comentó personalmente en Viena tras su aparición en las redes sociales.

Berlín acaba de pedir explicaciones a Washington por unas declaraciones de su nuevo embajador en Alemania, Richard Grenell, que todavía no ha presentado credenciales y ya ha dado lugar a un escándalo por conceder una entrevista a la plataforma de extrema derecha Breitbart, en las que ha reconocido que su objetivo desde Alemania será contactar con fuerzas conservadoras de las mencionadas características en toda Europa y ver cómo puede ayudar EE.UU. a «impulsarlas». Y Rusia parece no querer quedarse atrás en esa carrera.

«Putin entiende Austria como una puerta de entrada a Europa. A pesar de que su peso político es menor que el de Alemania o Francia, ocupará la presidencia por turno de la UE a partir de julio y con un gobierno como el que forma ÖVP y OFP vale para Putin su peso en oro», explica el politólogo Fjodor Lukjanow sobre la visita. «Rusia espera que el tema de las sanciones forme parte de la agenda de la presidencia de Austria en el Consejo de la UE», ha admitido el embajador ruso en Viena, Dmitri Liubinski, «la principal tarea es lograr que el diálogo Rusia-UE tome un cauce positivo y desarrollar una agenda positiva, por lo que Rusia colaborará muy estrechamente con la presidencia austriaca para hallar posibilidades de esa interacción».

Viena no sucumbió, sin embargo, al sabor a imperio que devolvió Putin por unas horas a la pequeña capital, de modo que mantuvo la disciplina comunitaria y los portavoces del gobierno insistieron en que la postura del país sobre las sanciones seguirá siendo la postura europea.

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