Trump arrastra a Estados Unidos a su mayor desafío económico

Donald Trump es, finalmente, un presidente en guerra. Guerra comercial, pero guerra al fin y al cabo. Sólo de ese modo puede definirse lo ocurrido esta semana entre Estados Unidos y China: un cruce de aranceles por valor de más de medio billón de euros que amenaza con desestabilizar la economía global y tiene al mundo en vilo, incluidas las mayores empresas norteamericanas.

El viernes, Pekín respondió finalmente a los aranceles que Washington impuso el año pasado con una ronda propia. Trump, furioso, subió un 5% los suyos y, algo inaudito, ordenó a las empresas norteamericanas que se preparen para dejar de hacer negocios en China.

Aunque los mercados entraron en pánico y las patronales confesaron su miedo a una recesión, el presidente advirtió de que esta guerra solo acaba de empezar. Según dijo ayer Trump antes de salir de Washington de camino a la reunión del G-7 en Francia: «Por la presente ordeno a nuestras empresas americanas que inmediatamente comiencen a buscar alternativas a China, incluidos planes de devolver sus fábricas a casa para hacer sus productos en EE.UU.».

Tan insólito como la orden misma fue que el presidente la diera, como acostumbra, a través de la red social Twitter. Momentos después, para dar algo de credibilidad a la advertencia, la Casa Blanca emitió un comunicado oficial en el que acusó a Pekín de «aprovecharse (¡como muchos otros países!) de EE.UU.» y anunció que todos los impuestos sobre importaciones chinas subirán un 5% en unas semanas.

Por orden de Trump, el 1 de septiembre los aranceles-impuestos a importaciones- sobre una ronda inicial de bienes chinos por valor de 300.000 millones de dólares pasarán del 10% al 15%.

Un mes después los de una segunda tanda por valor estimado de 250.000 millones pasarán del 25% al 30%. Además, el presidente mandó a las empresas de transporte radicadas en EE.UU., como Fedex o UPS, que se nieguen a admitir envíos procedentes de China que contengan fentanilo, un poderoso analgésico empleado como droga y relacionado con decenas de miles de muertes por sobredosis.

Igualmente, acusó a China de espionaje industrial y advirtió de serias consecuencias por ello.

No hay precedentes para una conducta semejante. Trump sorprende e inquieta por igual a republicanos y demócratas, ambos incapaces de predecir cuál será el resultado de esta guerra comercial en el marco general de una ralentización económica.

Especialmente mal han sentado a la facción conservadora del Capitolio los insultos del presidente al jefe de la Reserva Federal, Jerome Powell, por la negativa de este a bajar de forma inmediata los tipos de interés. Donald Trump le calificó el viernes de «enemigo» y lo equiparó a China, su bestia negra comercial.

Advertencias
Es difícil que los grupos más conservadores, que defienden el libre comercio y la reducción de la presión fiscal, traguen con esta política comercial. El más influyente de ellos, «Americans for Prosperity», no salía ayer de su estupor.

«La orden de que las empresas americanas salgan de China es sorprendente e inesperada, y ha provocado una enorme preocupación en el Capitolio, sobre todo entre los republicanos», según admite una veterana analista de ese grupo conservador, Alison Acosta.

La Cámara de Comercio de Estados Unidos, lo más cercano que hay en este país a una patronal, recomendó directamente a Trump que reconsidere toda su política comercial hacia China.

«Puede que esté molesto con China, pero desde luego la solución a los problemas no es privar a las empresas norteamericanas de un mercado con 1.400 millones de consumidores», dijo su vicepresidente ejecutivo, Myron Brilliant.

Ante las advertencias de los economistas de que puede haber una recesión en ciernes, el presidente ha actuado esta semana de forma errática e improvisada.

Trump comenzó revelando que considera una bajada del impuesto sobre la renta para desmentirlo al día siguiente y confirmarlo el posterior. Todo quedó finalmente en una vaga promesa.

«La bajada del impuesto sobre la renta es algo que estamos considerando, mucha gente quiere que lo haga porque es importante par los trabajadores», dijo el líder estadounidense a la prensa.

Caída bursátil
Según reveló ayer la agencia Associated Press, antes de viajar a Europa, el presidente convocó de urgencia en la Casa Blanca a sus máximos asesores en política fiscal para analizar la ronda de aranceles de la República Popular China, a pesar de que ese país llevaba advirtiendo meses de que iba a responder exactamente de ese modo a los primeros aranceles de Estados Unidos.

Y aunque el índice bursátil Dow Jones acababa de cerrar con una fuerte caída de más de 600 puntos y los empresarios e inversores apenas ocultaban su preocupación, la solución pactada en esa reunión fue confirmar el primer impulso de Trump: la oficina comercial de Estados Unidos ratificó la subida de aranceles en el plazo ordenado por el presidente.

Turbulencias
Nadie en la Casa Blanca parece de momento dispuesto a llevarle la contraria a Donald Trump con respecto a los aranceles porque los que lo han hecho, como el inversor Gary Cohn, que presidió brevemente el Consejo Económico Nacional, han perdido su trabajo por ello.

El presidente de la Reserva Federal ha sido uno de los pocos que no ha claudicado ante el presidente Trump.

El viernes en su discurso anual ante los banqueros centrales de Estados Unidos no sólo dijo que la bajada de tipos de interés se hará, si se hace, cuando sea necesario y no cuando Donald Trump quiera, sino que además acusó veladamente al presidente de provocar en parte las actuales turbulencias en la economía mundial con su conflicto comercial con China.

Eso, dijo Jerome Powell, es un problema político, y es al inquilino de la Casa Blanca a quien le corresponde solucionarlo.

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