Vuelve Bolton, ¿«gorila» o estratega?

Eran los meses álgidos tras la invasión estadounidense de Irak. El mundo estaba dividido. Y la Administración Bush se esforzaba por convencer a la comunidad internacional de que Libia, Irán, Irak, Corea del Norte y Siria formaban un repóker de naciones rebeldes con programas de armas de destrucción masiva. John R. Bolton (Baltimore, 1948), un diplomático bronco, nacionalista y conservador, servía entonces como subsecretario de Estado para el control de armas. Era, por tanto, el cerebro civil encargado de configurar el relato geoestratégico que diera cobertura a la acción militar. Y, en la preparación de uno de tantos discursos, se propuso añadir Cuba a la lista.

Algunos querían creer que el régimen castrista estaba desarrollando un programa de armas biológicas. Pero los servicios secretos estadounidenses no tenían pruebas que sustentaran tal acusación. Christian Westermann, un analista de inteligencia especialista en armas químicas del Departamento de Estado (equivalente al Ministerio de Exteriores) expresó su disconformidad. Se negó a suscribir las tesis de Bolton, y circuló su memo con conclusiones contrarias a las del jefe. Y este estalló en cólera. Bolton, «con el rostro colorado y apuntando con el dedo», le acusó en su despacho de haberle «apuñalado por la espalda», según contaría Westermann más tarde. Quería su cabeza.

Bolton regresa hoy a la cúspide de la Administración tras su nombramiento como nuevo consejero de Seguridad Nacional por Donald Trump. Un cargo que no requiere aprobación parlamentaria. Es la segunda vez en su carrera política en que el juicio sobre sus (indudables) conocimientos sobre los dossieres internacionales se entremezcla con la preocupación por sus (muy cuestionadas) maneras como gestor de equipos. En abril de 2005 se enfrentó a un feroz periodo de interrogatorios en el Senado de EE.UU. que se extendería durante cinco meses, cuando Bush jr. le propuso como embajador ante la ONU. Intervino como testigo Carl W. Ford, responsable de inteligencia y análisis en el Departamento de Estado y jefe director del pobre Westermann. «Cuando terminé de hablar con Bolton sobre Westermann, salí con la impresión de que me acaban de pedir que despidiera a un miembro de la comunidad de inteligencia por hacer su trabajo», explicó. Y no titubeó en caracterizar a Bolton como «la típica persona que da besos hacia arriba y patadas hacia abajo».

«No he visto nunca a nadie como él, en el sentido de cómo abusa de su posición de autoridad con gente por debajo de él», resumió ante la todopoderosa comisión de Relaciones Externas del Senado. «Con Westermann se comportó como un gorila de 400 kilos devorando una banana», dijo. Bolton no logró la aprobación del Senado. Por estos comportamientos, y por sus poco diplomáticas opiniones sobre la ONU. «Si le quitásemos diez pisos [a la sede neoyorquina de Naciones Unidas], no se notaría la diferencia», afirmó una vez. Bolton Style. Y Bush tuvo que aprovechar el receso parlamentario de agosto para nombrarle. Bolton es el típico ideólogo alérgico a la burocracia. Y ahora Trump le ha designado para un puesto que se caracteriza, precisamente, por la necesidad de coordinar desde la Casa Blanca los distintos brazos del aparato burocrático, de unificar criterios, y de elaborar los informes finales que se entregan al presidente con espíritu neutral y realista, a partir de todas las opciones e informaciones disponibles.

¿Debe un alto cargo de inteligencia ser un buen gestor de recursos humanos? Quizás no. «Cuando estás en la mesa de negociación con los iraníes, no debe ser mucho problema que tu negociador sea un tipo bronco y con carácter», me decía el viernes en la redacción mi colega Ramón Pérez Maura. Importan más sus opiniones, dicen otros. Bolton es un «halcón» en su visión de las relaciones con Corea del Norte (irónicamente será el encargado de organizar el anunciado encuentro de Trump con Kim Jong-un el 20 de mayo), con Rusia y, sobre todo, con un régimen de los ayatolás que está genuinamente asustado con su nombramiento. No será la primera vez que vemos ese estilo bravucón e intimidatorio -en lo ideológico y en lo profesional- en las alas más poderosas de la Casa Blanca. Pero, en esta era de la post-verdad y la desinformación, emerge un tercer criterio crucial de selección: el apego a la realidad de los hechos por encima de las necesidades del relato. Y, en este aspecto, el binomio Bolton-Trump no preocupa, asusta.

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